Aprendizaje al alcance de nuestras manos

Fernanda Jaramillo

Aprendizaje al alcance de nuestras manos ⭐

Como parte de las estrategias de crecimiento, el upskilling y reskilling son las herramientas más útiles que una organización tiene bajo su poder.


Korn Ferry estima que para el 2030 veremos una escasez de talento de aproximadamente 85 millones de personas, debido a la falta de entrenamiento para llenar puestos clave.


Si preguntamos a nuestros colaboradores sobre su confianza en las capacidades que tienen, ¿cuál sería su respuesta? Es posible que un buen número de ellos sienta que les faltan habilidades clave para lograr los objetivos que requiere su puesto.


Una de las maneras más prácticas y efectivas de adquirir nuevas competencias es a través del llamado
“Simulation Training”.


Consiste en recrear escenarios inmersivos que se acerquen a la realidad para que las personas involucradas puedan practicar el desarrollo de sus conocimientos.


Y es precisamente gracias a que se encuentran en situaciones controladas que el trainee tiene espacio para experimentar, aprender y crecer.


¡Aprendamos a utilizar estas herramientas como una ventaja para nuestro crecimiento!


#OrganizacionesHumanas #GestiónHumana #RRHH #TalentoHumano #Trabajo #Personas


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El verano suele reabrir una conversación recurrente en las organizaciones: horarios reducidos, trabajo remoto, jornadas intensivas o esquemas híbridos temporales. Muchas veces, estas medidas se entienden como concesiones estacionales o beneficios circunstanciales. Sin embargo, vistas desde la experiencia del colaborador, las decisiones que se toman en esta época del año dicen mucho más de lo que parece. La flexibilidad laboral en verano funciona como un espejo cultural. Refleja cómo una organización entiende la confianza, la autonomía y la forma en que acompaña a sus equipos en distintos momentos del año. No se trata solo de trabajar menos horas o desde otro lugar, sino de cómo se gestiona el trabajo y qué tan consistente es la experiencia cotidiana del colaborador. Entre las prácticas más comunes en esta época se encuentran las jornadas intensivas o de medio día , especialmente los viernes. Bien gestionadas, suelen mejorar la percepción de equilibrio y favorecer la concentración en prioridades claras. El riesgo aparece cuando se mantiene la misma carga de trabajo en menos horas, generando presión adicional y una experiencia contradictoria para los equipos. Otra medida frecuente es la mayor flexibilidad para el trabajo remoto . Para muchos colaboradores, esto se traduce en menos traslados y mejor organización personal, impactando positivamente en su experiencia. Sin embargo, si no existen acuerdos claros sobre disponibilidad y coordinación, puede derivar en jornadas extendidas o en una sensación de estar “siempre conectados”. También es habitual la flexibilización de horarios de entrada y salida , permitiendo que cada persona adapte su jornada según sus necesidades. Esta práctica suele ser bien valorada cuando hay objetivos definidos y liderazgo cercano. Su principal desafío es la coordinación entre equipos y áreas, especialmente si no se establecen ventanas comunes de trabajo. Algunas organizaciones optan por políticas de desconexión más explícitas durante el verano , como limitar reuniones en determinados horarios o reducir encuentros no prioritarios. Estas iniciativas suelen mejorar la experiencia del colaborador al ordenar el tiempo y reducir la sobrecarga. No obstante, requieren coherencia desde el liderazgo: de poco sirve promover la desconexión si las urgencias siguen llegando fuera de horario. Cuando estas prácticas se implementan con criterios claros, comunicación transparente y foco en resultados, la experiencia del colaborador se fortalece. El problema surge cuando la flexibilidad se percibe como improvisada, desigual o reversible sin mayor explicación, generando frustración y desgaste en los equipos. Más que una pausa en la exigencia, el verano puede convertirse en un espacio de aprendizaje organizacional. Un momento para observar qué esquemas funcionan mejor, cómo responden los equipos con mayor autonomía y qué ajustes pueden integrarse de manera sostenible al resto del año. Al final, no se trata de una conversación sobre horarios. Es una conversación sobre cultura, coherencia y el tipo de experiencia que las organizaciones están construyendo para quienes las integran, incluso cuando cambia el ritmo.
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